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SECRETERIA DE ESTADO
SECCIÓN PARA LOS ASUNTOS GENERALES
N. 499.748
Del Vaticano, 26 de septiembre de 2001
Señor Cardenal,
hemos recibido la comunicación concerniente
al curso de formación permanente dirigido
a los sacerdotes, promovido por esa
Congregación
y realizado mediante video-conferencias
vía
internet.
Se trata de una iniciativa particularmente
significativa, tanto por el interés
teológico
que suscitan las intervenciones previstas,
como por la novedad del medio tecnológico
elegido para comunicarse sobre todo
con sacerdotes,
pero también con diáconos, religiosos,
religiosas
y fieles laicos que quieran conectarse
con
la página Internet oficial de esa Congregación.
Me complazco, por lo tanto, en comunicarle
a Usted las felicitaciones y el agradecimiento
del Santo Padre, el Cual, si bien imposibilitado
para participar en la inauguración
del curso,
asegura seguir con interés este proyecto,
sobre el cual implora la abundancia
de los
favores celestes.
Aprovecho la ocasión para saludarlos con
distinguida consideración
De Su Eminencia Reverendísima
dev.mo in Domino
+ Angelo Card. Sodano
Secretario de Estado
___________________________
A Su Eminencia Reverendísima
el Señor Card. DARIO CASTRILLÓN HOYOS
Prefecto de la Congregación para el Clero
Prefecto de la Congregación del Clero
Prelusión
En ocasión de la inauguración del curso de
videoconferencias
en el campo de la formación permanente del
clero
Vaticano, 29 de septiembre de 2001
"¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, Padre misericordioso
y
Dios de toda consolación!" (2
Cor 1,
3)
El Santo Padre, en su solicitud para con
los Sacerdotes e interpretando la voluntad
expresada por el Episcopado en el Sínodo
de 1990, ha señalado a la Iglesia la
necesidad
de una formación permanente para el
Clero
católico.
Hoy, la Congregación del Clero, respondiendo
a la voluntad del Papa, ofrece, a través
de esta videoconferencia de alcance
mundial
por internet, tras una cuidadosa preparación
técnica, un instrumento para profundizar
el conocimiento y el amor de Jesucristo,
el "Rex Pacificus", su mensaje
y su Iglesia.
En diez sitios de los cinco Continentes se
reúnen simultáneamente trece teólogos
para
profundizar el tema: "la Cristología
en su desarrollo y sus problemas desde
el
Concilio Vaticano II hasta nuestros
días".
Hemos querido comenzar por la Cristología
porque "Jesucristo tiene un significado
y un valor para el género humano y
su historia,
singular y único, que sólo a él pertenece,
exclusivo, universal, absoluto. Jesús
es,
en verdad, el Verbo de Dios hecho hombre
para la salvación de todos" (Congregación
de la doctrina de la fe, Declaración
"Dominus Iesus", 6 de agosto de 2000, n. 15).
En representación de la Congregación del
Clero participan los siguientes profesores:
Su Exc. Mons. Rino Fisichella, Su Exc.
Mons.
Angelo Scola, Mons. Bruno Forte y el
P. Jean
Galot, S.I.
En África, el Prof. Su Exc. Joseph Aké desde Abidjan
y el Prof. Stuart C. Bate OMI desde
Johannesburg;
en las Américas, el Prof. Silvio Cajiao S.I. desde Bogotá
(Celam) y el Prof. Michael Hull desde
Nueva
York;
en Asia, el Prof. Luis Antonio G. Tagle desde Manila
y el Prof. Aloysius Chang S.I. desde
Taipei.
en Europa, el Prof. Alfonso Carrasco Rouco desde Madrid.
en Oceanía, el Prof. Gary Devery OFM Cap. desde Sydney
y el Prof. Alapati L. Mataeliga desde
Samoa;
Las Conferencias tendrán carácter científico
de alto nivel y explorarán el ámbito
de la
teología fiel al Magisterio de la Iglesia
Católica.
La Congregación ha escogido a teólogos pertenecientes
a las Pontificias Universidades romanas.
Los demás han sido presentados por
sus Ordinarios.
El Clero del mundo, los religiosos y los
laicos que quieran realizar la profundización
científica de un saber teológico seguro
podrán
hallar un instrumento valioso para
su formación.
La Congregación del Clero agradece al Santo
Padre, a los teólogos que participan
y a
todos aquellos que han hecho posibile
este
programa con su generosa colaboración.
En este dramático momento de tensión internacional,
elevemos nuestra súplica al Dios único,
Señor
del Cielo y la tierra (Lc 10, 21),
omnipotente
y misericordioso. Esta verdad sobre
la absoluta
unicidad de Dios "los cristianos
la
han heredado de los hijos de Israel
y la
comparten con los fieles musulmanes:
es la
fe en el Dios único" (cfr. Juan
Pablo
II, homilía de Astana, 23 de septiembre
de
2001).
De esta manera nos unimos a los votos que
el Santo Padre ha hecho recientemente
en
Asia central y rezamos "para que
pueda
reinar en el mundo el bien fundamental
de
la paz" (Juan Pablo II, Angelus de Astana, 23 de septiembre de 2001), con
la seguridad de que la profundización
de
la verdad sobre Cristo es el fundamento
más
sólido de esta paz.
La Cristología hoy: el desarrollo a partir
del Vaticano II
y las características emergentes
Han pasado ya veinte años desde cuando, en
1981, fue publicado mi volumen Jesús de Nazaret, historia de Dios, Dios
de la historia. Ensayo de una cristología
como historia, reimpreso varias veces y traducido en varios
idiomas. Este volumen se situaba en
la cumbre
de un decenio muy fecundo para la reflexión
cristológica católica y que había visto
la
aparición de obras magistrales como
la del
actual Cardenal Walter Kasper, Jesús el Cristo (publicada en 1974 en alemán y, sucesivamente,
en numerosos idiomas y ediciones) o
como
la amplia producción del jesuita Jean
Galot,
profesor en la Gregoriana. Los años
Ochenta
han conocido, del mismo modo, una reflexión
fértil sobre Cristo, caracterizada
especialmente
por la profundización trinitaria de
la cristologia,
de los cuales son testimonio el volumen
del
mismo Kasper, El Dios de Jesucristo (1982), la relevante síntesis de Marcello
Bordoni, Jesús de Nazaret. Presencia, memoria, espera, publicada en 1988 (de la cual es una continuación
ideal el ensayo La cristología en el horizonte del Espírito, publicado en 1995), como también mi libro
Trinidad como historia. Ensayo sobre el Dios
cristiano (1985). En los mismos años se sitúan diversas
intervenciones de la Comisión Teológica
Internacional
sobre el tema: si el documento titulado
Algunas cuestiones concernientes la cristología (1979) concluye el "decenio cristológico"
de la teología católica postconciliar,
otros
textos salen a la luz en los años Ochenta,
como ese sobre Teología, cristología, antropología (1981) o ese otro sobre La conciencia que Jesús tenía de sí mismo
y de su misión (1986), mientras en los años Noventa se
publican dos documentos significativos
sobre
la relación entre cristología y destino
universal
a la salvación; el primero dedicado
a Algunas cuestiones sobre la teología de la
Redención (1995), el segundo sobre El Cristianismo y las religiones (1996), dirigido a clarificar la cuestión
de la singularidad de Jesucristo, decisiva
para un desarrollo correcto del diálogo
con
las otras religiones. En este sentido
se
sitúa igualmente la Declaración Dominus Jesus, de la Congregación para la Doctrina de
la Fe, publicada en el año jubilar
con el
propósito de proponer una solemne profesión
de fe en Aquel que es en persona la
verdad,
que libera y salva, Jesús el Cristo.
El mismo magisterio de Juan Pablo II ha presentado
desde el inicio una marcada caracterización
cristológica-trinitaria: el ciclo maestro
está representado por las tres Encíclicas
Redemptor Hominis (1979), dedicada al Hijo, Dives in misericordia (1980), consagrada a Dios Padre y Dominum et vivificantem (1986), sobre la persona y la obra del Espíritu
Santo. La estructura cristológico-trinitaria
vuelve significativamente en el recorrido
propuesto para la preparación al gran
jubileo
del año 2000 en la Tertio Millennio Adveniente (1994). Sobre esta nota teológica de fondo
se puede decir que se armonizan todas
las
enseñanzas de este pontificado: desde
la
reflexión sobre la antropología, presentada en las Encíclicas mencionadas,
además de la Laborem exercens de 1981 sobre la dignidad del trabajo humano,
y en la Carta Apostólica sobre la mujer
Mulieris dignitatem del 1988; pasando por la reflexión sobre
la moral, propuesta en la Veritatis splendor de 1993, en la Evangelium vitae de 1995, y en las Encíclicas sobre la cuestión
social, Sollicitudo rei socialis de 1988 y Centesimus annus de 1991; hasta la realizada sobre la eclesiología, delineada a la luz de la singularidad del
Redentor y de la comunión trinitaria
en la
Redemptoris Missio de 1991, en la Slavorum Apostoli de 1985, sobre el Oriente cristiano, y en
la Ut unum sint de 1995, sobre el ecumenismo. Un papel singular
reviste, además, la reflexión sobre
la Madre
del Señor, ofrecida en la Redemptoris Mater de 1987, donde los diversos aspectos del
misterio son captados en el denso icono
de
Aquella en la cual todo es retorno
a la obra
del Dios trinitario y a su gloria,
al servicio
de la misión del Hijo eterno, hecho
carne
en su seno virginal.
En esta amplia aportación ofrecida a la cristología
por parte de la reflexión teológica
y del
magisterio de la Iglesia, desde el
Vaticano
II hasta hoy, es posible discernir
algunas
líneas maestras, que muestran como
se ha
superado plenamente el manual escolástico
preconciliar "De Verbo Incarnato",
en favor de la recuperación del fundamento
bíblico de la inteligencia de la fe,
de la
relevancia soteriológica del mensaje
sobre
Cristo y de su centralidad para la
exacta
comprensión de todos los otros aspectos
de
la teología y de la práxis cristiana.
Son
tres las líneas en las cuales se podrían
resumir las características de los
desarrollos
de la cristología en estos decenios:
se trata
de una cristología a) más propiamente
trinitaria,
b) más marcadamente histórica y c)
decididamente
pascual, proyectada en confesar la
singularidad
del Crucificado - Resucitado para la
salvación
del mundo.
a) Una cristología trinitaria: la revelación
de Dios en Jesucristo
En la vida terrena de Jesús de Nazaret puede
reconocerse la revelación de la historia
del Dios con nosotros, al mismo tiempo
que
su resurrección nos Lo manifiesta como
Dios
de la historia, redentor de todo hombre
en
cada hombre. Cada acto de su existencia
terrena,
en cuanto historia del Hijo que ha
instalado
sus tiendas en medio de nosotros, interesa
toda la vida trinitaria; es decir,
implica
una relación con el Padre en el Espíritu
Santo. La resurrección demuestra que
los
dos sujetos de la "historia"
divina
que no se han encarnado, el Padre y
el Paráclito,
no se han quedado como espectadores
ajenos
a las obras y a los días del Verbo
en la
carne: ellos lo viven con Él, cada
uno según
su relación específica, que lo caracteriza
como esa persona y no otra. Por esto,
a partir
de Pascua se puede decir que toda la
historia
de Jesús es revelación de la historia
trinitaria
de Dios, transparencia mundana del
dedicarse
y proponerse de los Tres en las varias
relaciones
que los unen y que tienen con el mundo.
En
Jesús se revela contemporáneamente
el rostro
trinitario de Dios y la relación del
mundo
al Padre, mientras se manifiesta y
dona el
Espíritu de la comunión trinitaria
y de la
reconciliación entre Dios y los hombres.
Se comprende, entonces, como una teología
que pase por alto el vínculo permanente
de
toda aserción cristológica al misterio
trinitario,
según un divorcio de horizontes desafortunadamente
frecuente en los manuales preconciliares,
se resuelva por un lado en una cristología
abstracta, árida y conceptual y, por
otro,
en una doctrina trinitaria especulativa,
poco adherente al concreto revelarse
del
Dios trinitario en la economía de la
salvación.
Recuperar la dimensión trinitaria de
la historia
de Jesús es el camino ofrecido al conocimiento
de la fe para abrirse a la profundidad
de
Dios y hacerse de Él una idea auténticamente
cristiana y no intelectualista, ajena
a la
confrontación con el escándalo de la
Cruz
y con la luz de Pascua.
La profundización trinitaria de la encarnación
del Verbo muestra como la Palabra encarnada
retorna al Silencio del origen, a la
profundidad
de la cual eternamente proviene y junto
a
la cual está eternamente: el Dios que
se
hizo visible al Dios invisible, el
Hijo al
Padre. Como afirma Ignacio de Antioquía,
el Padre "se ha revelado a través
de
su Hijo Jesucristo, que es su Verbo
procedente
del Silencio" (Ad Magn. 8,2). La palabra de revelación, que es el
Cristo, requiere entonces ser "trascendida",
no en el sentido que pueda ser eliminada
o puesta entre paréntesis, pues ello
obstaculizaría
simplemente todo acceso a las profundidades
divinas, sino en el sentido que ella
es verdad
y vida justamente en cuanto es camino
(cf.
Jn 14,6), umbral que se abre ante el
Misterio,
puerta por la cual es necesario pasar
para
entrar en el redil de las ovejas (cf.
Jn
10,7), luz venida en las tinieblas
para ser
la luz, en la cual veremos la luz (cf.
Jn
1,9 y Sal 36,10). Gracias a la dialéctica
trinitaria de Palabra y Silencio, de
apertura
y de ocultación, en el evento de revelación
la transcendencia divina no es entregada
a la inmanencia del mundo, y la forma
histórica
de la autocomunicación divina remite
a la
inagotable excedencia del misterio
santo.
Esta estructura dialéctica de la revelación
está señalada en la misma palabra latina
"revelatio", considerada
en su
significado etimológico (tal como se
podría
decir, analógamente, de la palabra
griega
"apokalupsis"): el prefijo
"re-"
tiente tanto el sentido de repetición
de
lo idéntico (como en "re-sumo"),
cuanto el de pasaje a la condición
opuesta
(como en "re-probo"). "Re-velare"
quiere decir, por lo tanto, el acto
del pasaje
desde lo velado a lo descubierto, la
revelación
de lo precedentemente escondido, pero
no
excluye nunca del todo un permanecer
del
velo, es más, incluso un adensarse.
Este
juego dialéctico se pierde en el alemán
"Offenbarung,
offenbaren", donde lo que viene
en mente
es sólo el acto de abrirse y, por lo
tanto,
la condición de lo abierto y manifiesto:
en este sentido, la interpretación
hegeliana
de la revelación como totalmente expresiva
y constitutiva del Dios que se manifiesta
resulta coherente con la etimología
de la
palabra alemana. Unicamente una cristología
construida sobre la "re-velatio
Dei"
- dialécticamente entendida – respeta
el
caracter trinitario original de la
revelación:
es necesario, entonces, orientarse
con decisión
hacia una cristología cada vez más
"teológica"
y, por lo tanto, cada vez más "trinitaria",
tanto como para educar y escuchar en
la Palabra
el Silencio del cual proviene y al
cual se
abre y, por consiguiente, en el Verbo
encarnado
la revelación del Padre y del Espíritu
Santo.
Afirma San Juan de la Cruz: "El Padre
pronunció una palabra, que fue su Hijo
y
la repite siempre en un eterno silencio;
luego, en silencio ella debe ser escuchada
en el alma" (Sentenze. Spunti d’amore. [Sentencias. Apuntes
de amor], n. 21). Acoger la Palabra escuchando en
ella el divino Silencio es permanecer
en
el santuario de la adoración, dejándose
amar
por el Dios silencioso y atraer hacia
Él
a través de la insustituible y necesaria
mediación del Verbo: "Nadie va
al Padre
sino por mí" (Jn 14,6). Aquí se
comprende
como una cristología en el horizonte
de la
fe está profundamente enraizada en
la experiencia
creyente del Dios viviente de la revelación
bíblica y, por lo tanto, en la espiritualidad
de la escucha, nutrida de oración.
Por esto,
separar cristología y espiritualidad
quiere
decir privarse del horizonte necesario
para
obedecer verdaderamente a la palabra
revelada,
escuchando en ella el Silencio fontal,
del
cual ella proviene y al cual se abre.
Reencontrar
la unidad de pensamiento cristológico
y de
vivencia creyente, más allá de las
dificultades
introducidas también en la teología
por el
racionalismo de la modernidad, quiere
decir
volver a la condición hermenéutica
originaria
y constitutiva del pensamiento de la
fe.
Igualmente, se capta aquí la urgencia para
que la reflexión cristológica se sitúe
en
el interior de la transmisión eclesial
viviente
de la Palabra, que de testigo en testigo
y de obediencia en obediencia hace
llegar
hasta nosotros el agua de la vida.
Una cristología
separada de la tradición viva de la
fe de
la Iglesia - especialmente de aquella
custodiada
dentro del "umbral", que
es la
definición dogmática – llevaría a aventuras
impropias, dudosas e inconsistentes.
Ello
no tiene nada que ver con una teología
bloqueada
por la definición dogmática (¡una "Denzinger-Theologie",
como se diría!); es, más bien, condición
de vitalidad del pensamiento creyente,
llamado
a dar razón de la esperanza fundada
sobre
la verdad de la fe: lejos de ser repetición
mecánica de lo que está muerto, la
tradición
es vida que transmite vida. La revelación
de Dios en Cristo inspira al pueblo
de los
peregrinos de la fe, llamado a transmitir
a todas las generaciones la memoria
del Eterno,
vinculada al texto de la Escritura
inspirada,
pero también al contexto del anuncio
y de
la práxis creyente, en los que el Espíritu
obra para llevar a la Iglesia hacia
la plenitud
de la verdad divina. Una cristología
en el
horizonte de la fe está, por consiguiente,
no sólo bíblicamente fundada y nutrida
de
experiencia espiritual, sino que también
es eclesialmente responsable y está
atenta
en superar las aventuras de la subjetividad
en la objetividad de la "fides
Ecclesiae",
recibida y transmitida.
b) Una cristología histórica: la circularidad
entre el Jesús de la historia y el
Cristo
de la fe
La segunda característica que presenta el
desarrollo de la reflexión cristológica
a
partir del Vaticano II es la de ser
una cristología histórica: la vuelta a los orígenes establecida por
el Concilio ha significado para la
reflexión
sobre Cristo una renovada atención
a la historia
concreta del Nazareno, narrada por
los Evangelios
y, por lo tanto, a los llamados "misterios"
de su vida, junto a un sólido método
histórico-crítico.
En su verdadera y plena humanidad,
Jesucristo
es revelación de Dios: aquí se funda
la exigencia
de alcanzar, a través de los trazos
del Jesús
histórico, la profundidad del misterio
que
en ellos se ofrece. No se trata de
narrar
una enésima historia de Jesús, en la
cual
proyectar, más o menos ampliamente,
los interrogantes
y la sensibilidad del presente ni,
mucho
menos, intentar un análisis psicológico
de
la personalidad del Nazareno, que sería
del
todo arbitraria, dados los elementos
a nuestra
disposición. Se trata de investigar
en los
"mysteria vitae Jesu" las
dimensiones
de lo humano, que en ellos se manifiestan
y, a través de los cuales, pasa la
revelación
del Dios viviente, leyendo en la historia
el "kerygma" y en el "kerygma"
la historia y captando, en plenitud,
la fecunda
circularidad atestiguada en el Nuevo
Testamento
entre el Jesús histórico y el Cristo
pascual.
Se trata de reconstruir la historia
de la
conciencia y de la libertad del hombre
Jesús,
así como la experiencia de su finitud,
vivida
conociendo personalmente el dolor y
la muerte,
en la convicción fundada en la luz
de la
Pascua que todo lo que viene a la verdadera
y plena humanidad del Salvador, es
quitado
a la revelación de su divinidad.
En Jesús de Nazaret se ofrece el rostro humano
de Dios: cada gesto suyo, cada aspecto
de
su condición humana, cada instante
de su
vida terrenal, es aparición de Dios
entre
los hombres y debe ser, por lo tanto,
valorizado
por la fe y la reflexión cristiana.
El tierno
amor de tantos santos a la humanidad
del
Salvador, la atención al "Dominus
humanissimus",
que ha resultado muy a menudo ajena
a la
teología de los últimos siglos (desde
Suarez
en adelante se abandona la exposición
de
los "mysteria vitae Jesu"
en la
articulación del "De Verbo incarnato")
y familiar a la sola piedad cristiana,
capta
un aspecto profundo de la paradoja
cristiana.
Dios no hace competencia al hombre
en Jesús
de Nazaret: al contrario, lo humano
es plenamente
asumido y valorizado en la historia
del Hijo
del hombre, como vehículo eficaz, "sacramento"
del Hijo eterno entrado en este mundo.
Se
comprende, por lo tanto, cuán poco
cristianas
sean esa teología y esa piedad que
se olvidan
de la concreta vida histórica del Salvador,
en todo el realismo e, incluso, el
escándalo
que la caracteriza. En este sentido,
resulta
preciosa la doctrina tradicional de
la causalidad
instrumental de la humanidad de Cristo,
en
virtud de la cual Tomás ha dedicado
a la
vida concreta del Nazareno una atención
teológica
de singular riqueza: "Todas las
cosas
que fueron cumplidas en la carne de
Cristo
fueron saludables para nosotros en
virtud
de la divinidad a ella unida"
(Compendium Theologiae 239). ¡El actuar de Jesús es como una parábola
viviente de la acción de Dios!
La mayor atención a la humanidad del Redentor
comporta también una renovada sensibilidad
de la teología hacia las exigencias
de la
secuela: narrar críticamente la vida
del
Jesús histórico significa dejarse comprometer
en la "imitación" de Él,
de Su
opción fundamental por el Reino de
Dios,
de sus elecciones de libertad en favor
de
los últimos, de Su amor al Padre hasta
olvidarse
de sí mismo. La secuela no es simplemente
reproducción de un modelo: si así fuese,
sería inaccesible a nuestras fuerzas.
Ella
puede cumplirse y se cumple sólo en
el Espíritu
Santo: el Espíritu es, respecto a la
Palabra,
como el silencio de la hospitalidad
actualizadora,
de la cual mana la elocuencia a menudo
silenciosa
del testimonio (cf. Jn 15,26s): "Quién
posee realmente la palabra de Jesús,
- afirma
San Ignacio de Antioquía –, puede percibir
también su silencio, a fin de que sea
perfecto,
a fin de que obre a través de las cosas
sobre
las cuales habla y, a través de las
cuales
calla, sea reconocido" (Ad Eph. 15,1-2). La acción del Espíritu en la historia,
reconocida y acogida mediante el discernimiento
de la fe, se expresa sobre todo en
la caridad,
en esa fuerza del amor que viene de
Dios
y por la cual la comunidad cristiana
recoge
el desafío de los signos del tiempo,
se hace
solidaria con el prójimo concreto y
lo sirve
en la causa de su promoción más plena
y,
por lo tanto, de la liberación de todo
cuanto
ofende la dignidad de los hijos de
Dios.
Sobre este camino se abre a los ojos
de la
fe la misteriosa presencia del Señor
en la
variedad más grande de situaciones
humanas:
Cristo se esconde en los pobres, en
los hambrientos,
en los sedientos, en los marginados
y los
que sufren, en los niños explotados,
en las
mujeres pisoteadas, en los últimos
(cf. Mt
25,31ss). Quién al hambre y a la sed
de todos
ellos responde con amor libre y que
libera,
se convierte en evangelio viviente,
en Palabra
escrita, no ya sobre tablas de piedra,
sino
en la carne de nuestros corazones (cf.
2
Co 3,3).
La presencia de Cristo en el hoy de dolor
y lágrimas se reconoce, así, en quien
ama
en su nombre: "En esto conocerán
todos
que sois discípulos míos: si os tenéis
amor
los unos a los otros" (Jn, 13,
35).
En el amor al prójimo se revela el
amor de
Dios: "Quien no ama a su hermano,
a
quien ve, no puede amar a Dios a quien
no
ve" (1 Jn 4, 20). En este amor,
Cristo
se hace presente en Su Espíritu y pronuncia
Sus palabras de vida eterna. El otro
es,
en el Espíritu, un sacramento del encuentro
con el Señor Jesús: lugar del adviento,
hora
de salvación (cf. Mt 25, 31ss). Una
cristología
que no se mida sobre las urgencias
de la
caridad y de la justicia, y no ofrezca
razones
para vivir el éxodo de sí mismo en
la secuela
del Hijo en la carne, se desnaturaliza
en
el ejercicio de la razón, expuesta
a todos
los posibles riesgos de la captura
ideológica.
Las "cristologías de la práxis"
(cristologías de la liberación, cristologías
políticas, cristologías de la esperanza
y
del "éschaton") muestran
aquí tanto
sus riesgos como su potencial positivo,
tanto
más acogido y desarrollado cuanto más
interpretado
y vivido a la luz de la acción del
Espíritu
en la comunión de la Iglesia. Una cristología
más "militante" – sobre todo
en
el plano de la caridad y del compromiso
por
la justicia para todos, y en el respeto
de
la creación deseada por Dios – parece,
pues,
ser solicitada por el mismo esfuerzo
de situar
correctamente la reflexión sobre la
secuela
del Nazareno dentro de la misión del
Espíritu.
c) Una cristología pascual: la singularidad
de Jesucristo y la salvación del mundo
La tercera característica que emerge de los
desarrollos de la cristología en el
postconcilio
está vinculada al diálogo y a la confrontación
con las religiones: se trata de una
cristología pascual, llamada a testimoniar la singularidad de
Jesucristo respecto a todos los posibles
caminos de acceso al misterio de la
divinidad
y a la salvación eterna de los hombres.
La
fe del Nuevo Testamento no duda en
indicar
en el "evento Cristo" el
lugar
dónde es posible encontrar con plenitud
la
autocomunicación divina: Jesús no sólo
habla
las palabras de Dios, sino que es la
Palabra
de Dios, el Verbo eterno convertido
en carne,
que se comunica a sí mismo y abre el
acceso
a la experiencia vivificante de las
profundidades
divinas en el don del Espíritu. Sobre
esta
convicción se funda la conciencia del
cristianismo
de ser portador de un mensaje universal,
dirigido a todo el hombre en cada hombre.
Y es en virtud de ella que para los
discípulos
de Cristo se precisan las condiciones
de
posibilidad y los criterios de discernimiento
de la eventual presencia de la autocomunicación
divina en las otras religiones, y en
el diálogo
con ellas.
Afirma la Encíclica Redemptoris Missio (1990): "Dios llama a sí a todas las
gentes en Cristo, queriendo comunicarles
la plenitud de su revelación y de su
amor;
y no deja de hacerse presente de muchas
maneras,
no sólo en cada individuo, sino también
en
los pueblos mediante sus riquezas espirituales,
cuya expresión principal y esencial
son las
religiones, aunque contengan "lagunas,
insuficiencias y errores""
(55).
Las religiones se ofrecen, entonces,
no sólo
como expresiones de la autotrascendencia
del hombre hacia el Misterio santo,
sin también
como posibles lugares de la autocomunicación
divina: de nuevo la Encíclica afirma
que
para aquellos que "no tienen la
posibilidad
de conocer o aceptar la revelación
del Evangelio
y de entrar en la Iglesia", porque
"viven
en condiciones socioculturales que
no se
lo permiten y, en muchos casos, han
sido
educados en otras tradiciones religiosas",
la salvación de Cristo "es accesible
en virtud de la gracia que, aun teniendo
una misteriosa relación con la Iglesia,
no
les introduce formalmente en ella,
sino que
los ilumina de manera adecuada en su
situación
interior y ambiental. Esta gracia proviene
de Cristo; es fruto de su sacrificio
y es
comunicada por el Espíritu Santo: ella
permite
a cada uno llegar a la salvación mediante
su libre colaboración" (10). La
Encíclica
precisa que "la presencia y la
actividad
del Espíritu no afectan únicamente
a los
individuos, sino también a la sociedad,
a
la historia, a los pueblos, a las culturas
y a las religiones... Es también el
Espíritu
quien esparce "las semillas de
la Palabra"
presentes en los ritos y culturas,
y los
prepara para su madurez en Cristo"
(28).
A la luz de esto, es legítimo considerar
que las religiones no cristianas contienen
elementos auténticos de la autocomunicación
divina, cuyo discernimiento es posible
para
los discípulos de Cristo en virtud
del criterio
que es la revelación cumplida en Él:
se comprende,
por consiguiente, como no puede ser
compartida
una valoración puramente negativa de
los
mundos religiosos no cristianos y de
sus
textos sagrados, vinculada a un pretendido
"exclusivismo" fundado sobre
la
identificación absoluta entre Iglesia
y Reino
(como es, por ejemplo, la posición
de Karl
Barth). Ni se puede - en dirección
opuesta
– aceptar el pluralismo indiscriminado
de
algunas teologías de las religiones,
que
hacen que sea vana la absolutidad del
cristianismo
e ignoran las lagunas y resistencias
de las
otras experiencias religiosas, con
el intento
de tomar las distancias de la insistencia
sobre la superioridad o definitividad
de
Cristo para moverse hacia el reconocimiento
de la independiente validez de otros
caminos
(como hallamos en la concepción de
teólogos
como John Hick y Paul F. Knitter).
Entre
estas orientaciones contrapuestas hace
falta
perseguir el discernimiento que – sin
renunciar
a proclamar la gracia y el escándalo
singulares
de la buena nueva – reconozca la acción
del
Espíritu orientada a la luz del Verbo
dondequiera
que se realice: "Todo lo que el
Espíritu
obra en los hombres y en la historia
de los
pueblos, así como en las culturas y
religiones
tiene un papel de preparación evangélica,
y no puede menos de referirse a Cristo,
Verbo
encarnado por obra del Espíritu"
(Redemptoris Missio, 29).
Un reconocimiento similar no frustra, de
ningún modo, el deber misionero del
discípulo
de Cristo; al contrario, lo motiva
cada vez
más, porque sin el criterio constituido
por
la singularidad del Señor Jesús y de
Su Evangelio
no sería ni siquiera posible para el
cristiano
discernir y apreciar los valores contenidos
en las otras religiones y en sus libros
sagrados,
como tampoco el valor de la experiencia
religiosa
que éstos ofrecen. "Aunque la
Iglesia
reconoce con gusto cuanto hay de verdadero
y de santo en las tradiciones religiosas
del Budismo, del Hinduismo y del Islam
–
reflejos de aquella verdad que ilumina
a
todos los hombres -, sigue en pie su
deber
y su determinación de proclamar sin
titubeos
a Jesucristo, que es "el camino,
la
verdad y la vida"" (Redemptoris missio, 55). Por ello, el diálogo con las otras
religiones "debe ser conducido
y llevado
a término con la convicción de que
la Iglesia es el camino ordinario de salvación
y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación"
(ib.). Ni este diálogo - en cuanto unido al deber
de proclamar la verdad evangélica –
debe
considerarse instrumental, pues conjuga
la
fidelidad irrenunciable a la identidad
del
discípulo de Cristo con el reconocimiento
de los "semina Verbi" dondequiera
que estén presentes, y que justamente
por
esa fidelidad es posible.
***
Una cristología más teológica; una cristología
más histórica; una cristología más
capaz
de conjugar estas dos dimensiones en
la confesión
de la singularidad de Jesucristo, que
una
al mismo tiempo la urgencia de la proclamación
de la buena nueva y la necesidad del
diálogo
con el otro, quienquiera que sea y
de cualquier
parte venga. Es esta la triple instancia
que parece emerger de los desarrollos
de
la reflexión cristológica postconciliar:
una instancia que hace eco a la permanente
exigencia de la fe en Cristo de confesar
en Él la unión de lo humano y lo divino
sin
confusión o mezcla, sin división o
separación
(cf. el Concilio de Calcedonia del
año 451).
Se trata de desarrollar una reflexión
de
fe que una la fidelidad a la tierra
y la
fidelidad al cielo, la fidelidad al
mundo
presente y la fidelidad al mundo que
debe
venir, como ha sucedido una vez para
siempre
en Aquel que es la Alianza en persona.
A
Él se dirige, pues, la invocación del
teólogo
- unida a la de toda la Iglesia – para
que
el "logos" de la fe pensativa
se
una al "hymnos" de la fe
adorante,
que escucha, celebra, proclama y vive
el
Misterio revelado en Él, el Verbo venido
entre nosotros, sobre cuya secuela
hemos
apostado toda nuestra vida.
Ambigüedades y dificultades que pueden llevar
a
posiciones erróneas en Cristología:
investigación sobres las opiniones post-Vaticano
II
P. Luis Antonio G. Tagle
El Concilio Vaticano II fue sin dudas un
concilio que ha enfocado la identidad
y la
misión de la Iglesia. Ha dotado con
un fuerte
impulso a las Iglesias locales, con
el fin
de que emprendiesen con vigor y coraje
el
diálogo con las culturas, con las condiciones
humanas, con los hermanos Cristianos
no Católicos
y con los seguidores de otros credos,
además
de compartir las esperanzas y los sufrimientos
de toda la humanidad, especialmente
en su
aspiración a la justicia, la coparticipación
y la paz.
Persiguiendo dicho proyecto "eclesiológico",
la Iglesia ha sentido la necesidad
de dirigirse
a Jesucristo. Si quiere aclarar su
identidad
y su misión, debe hacerlo en referencia
a
la persona y a la misión de Jesús,
su Señor.
Por tanto, el periodo post-Vaticano
II fue
productivo no sólo en el sector de
la Eclesiología,
sino también en el de la Cristología.
Las
distintas situaciones que la Iglesia
tuvo
que afrontar en la misión han preparado
un
terreno fértil para renovar la reflexión
sobre Jesucristo y su significado para
el
mundo. Fueron abundantes, por lo tanto,
en
el post-Concilio, los estudios creativos
de Cristología, pero no siempre exentos
de
dificultades y ambigüedades que podían
llevar
a comprensiones erróneas de Jesús y
de su
misión. En consecuencia, la Santa Sede
y
las conferencias episcopales naciones
se
sintieron en el deber de poner en guardia
a los fieles en lo que concierne a
tales
opiniones, potencialmente equivocadas.
La intención del presente estudio es puntualizar
algunas de dichas opiniones, evidenciadas
en documentos, instrucciones y notificaciones
del Santo Padre y de la Congregación
para
la Doctrina de la Fe (CDF), además
que en
estudios realizados por la Comisión
Teológica
Internacional (CTI). Se han encontrados
ambigüedades
en los siguientes sectores: a) en algunas
metodologías usadas en Cristología,
b) con
respecto a la persona de Jesucristo,
c) con
respecto a Jesucristo y la Revelación
divina,
d) sobre el significado de la Redención,
y e) sobre la unicidad y universalidad
de
la salvación en Jesucristo.
I. Dificultades que se encontraron en algunos
métodos en Cristología.
Un método revela la estructura mental en
el ámbito de la cual los datos son
configurados
y coordinados en vista de una conclusión.
Los métodos en teología determinan
sustancialmente
el proceso a través del cual los datos
de
la fe son tomados como objeto de reflexión
sistemática. Las ambigüedades en las
conclusiones
están a menudo arraigadas en algunas
ambigüedades
intrínsicas en el método adoptado.
Nuestras
fuentes han identificado algunas de
tales
deficiencias metodológicas.
- Un método que toma prestado de forma acrítica,
conceptos y presuposiciones de ideologías
como el Marxismo y las aplica a la
Cristología,
tiende hacia una imagen unívoca de
Cristo,
que da prioridad a la dimensión política,
dejando en segundo lugar la novedad
radical
del testimonio del Nuevo Testamento
de su
persona y su misión. La enseñanza
de la Iglesia
sobre Cristo que nace de su autoridad,
es
también juzgada como una imposición
de la
"clase dominante" sobre
la "clase
oprimida" y, por lo tanto, frecuentemente
descuidado.
- Una Cristología, conducida exclusivamente
"desde la base" puede llevar
al
reduccionismo teológico. Un método
puramente
"experiencial" acaba por
ser excesivamente
subjetivo, no ofreciendo el lugar
adecuado
a la verdad objetiva y normativa
de la Revelación
en Jesucristo.
- En el propósito y en los esfuerzos de inculturar
la Cristología, algunos métodos han
llegado
a interpretar la persona del Verbo
Encarnado
de una forma excesivamente metafórica.
La
tradición transmitida en la forma
greco-latina
es abandonada fácilmente en el momento
en
que los términos cristológicos clásicos
(como
por ejemplo, persona, naturaleza,
satisfacción
vicaria) no mantienen el mismo significado
en las culturas contemporáneas, como
lo tenían
en las pasadas.
- Un tipo de investigación puramente histórica
sobre Jesús ha llevado a algunos
teólogos
a negar un lugar en la Cristología
al testimonio
bíblico de la fe de las primeras
comunidades
cristianas. Algunos dichos y acciones
de
Jesús, tal como son referidos en
las Escrituras,
son minimizados si no pueden ser
probados
como parte de su "biografía".
La
pre-existencia del Verbo es considerada
ajena
a la naturaleza humana de Jesús.
En lugar
del testimonio de la fe, dominan
la "reconstrucción"
de la figura histórica de Jesús algunos
supuestos
filosóficos y psicológicos.
Tales problemas de metodología, puntualizados
por los documentos papales y las intervenciones
de la CDF y la CTI, han influenciado
la interpretación
de los temas clave de la Cristología.
Afrontemos
ahora algunos de ellos.
II. Ambigüedades sobre la persona de Jesucristo.
¿Quién es Jesús? ¿Quién es aquel que ha sido
confesado como el Cristo? Algunas de
las
respuestas, que se basan sobre metodologías
carentes, resultan ambiguas o no fieles
a
la Tradición católica.
- Una corriente de pensamiento tiende a opone
el "Jesús de la historia"
al "Cristo
de la fe", poniendo en duda
la unidad
personal de Jesús y el Cristo.
- En la perspectiva liberacionista, el énfasis
sobre la experiencia revolucionaria
de la
lucha de los pobres por la liberación
da
la preferencia al "Jesús de
la historia",
desde el momento en que es este Jesús
y no
el "Jesús de la fe" el
que ha vivido
dicha experiencia revolucionaria.
- En el enfoque exclusivamente "experiencial"
se tiende a presentar a Jesús solamente
como
un hombre bueno, un profeta y una
persona
comprometida en la promoción de los
otros,
una "parábola de Dios".
Pero Jesús
es verdaderos Dios y verdadero hombre,
en
la unidad de la persona divina del
Hijo.
Incluso la resurrección es presentada
más
como experiencia de conversión de
los apóstoles
en la potencia del Espíritu Santo,
que como
un hecho objetivo de Jesús como Señor
glorificado
e Hijo de Dios.
- Algunos enseñan que Jesús es el Cristo, pero
que el Cristo es alguien más que
Jesús. Dicho
enfoque facilita la percepción de
la presencia
del Logos en las otras religiones,
pero desvía
peligrosamente del Nuevo Testamento,
el cual
concibe el Logos en relación a Jesús.
Una
variante de esta tendencia consiste
en separar
la acción salvífica del Verbo como
tal de
la del Verbo hecho carne, atribuyendo
a la
primera un ámbito más amplio que
la segunda.
- El método puramente histórico crea dudas
sobre la divinidad de Jesucristo,
desde el
momento en que dicho dogma no habría
podido
emerger de la revelación bíblica,
sino del
Helenismo. Lo mismo se afirma de
la pre-existencia
del Verbo, que tendría origen en
fuentes
míticas, helenísticas o gnósticas
más que
de la revelación bíblica.
III. Jesucristo y la Revelación de Dios.
Las ambigüedades relativas a la persona de
Jesucristo se repercuten sobre la comprensión
de Jesús como Revelación de Dios. ¿Cómo
se
actúa la Revelación de Dios en Jesucristo?
- En la perspectiva liberacionista, la experiencia
fundamental de Jesús es la lucha
para la
liberación de los pobres. El verdadero
conocimiento
de Dios y el Reino de Dios acontecen
en esta
lucha de liberación. La naturaleza
"personal"
de la revelación de Dios en Jesús
es minimizada
respecto al énfasis liberacionista
político.
- Deseosos de promover el diálogo interreligioso,
algunos teólogos proponen la teoría
de la
revelación limitada, incompleta o
imperfecta
de Jesucristo, que tendría necesidad
de ser
completada por la hallada en otras
religiones.
La naturaleza definitiva y completa
de la
revelación salvífica de Dios en Jesucristo
es, de este modo, comprometida por
esta posición.
- La CDF indicó un ejemplo de un intento de
inculturación que tiende a substituir
la
revelación de Dios en la persona
de Jesucristo
con una intuición de Dios sin forma
o imagen.
De nuevo, la naturaleza personal
de Dios
y la revelación son puestas en peligro.
IV. El significado de la Redención.
La misión de Jesús está descrita de varias
maneras. Una imagen bíblica central
es la
de la Redención. Se han identificado
algunas
interpretaciones y explicaciones inadecuadas.
- La perspectiva liberacionista tiende a presentar
a Jesús como el símbolo que sintetiza
el
cumplimiento de la lucha de los pueblos
oprimidos.
La salvación está reducida a la liberación
de la opresión política, social,
cultural
y económica, pero poniendo en segundo
lugar
la liberación del pecado. A menudo
se da
a la muerte de Jesús una interpretación
solamente
política que ofusca su valor para
la salvación.
- Enfoques más existenciales y "desde
abajo" prefieren concebir la
Redención
en Jesucristo como un proceso de
hominización
más que como divinización de los
seres humanos.
La noción de divinización está considerada
un concepto helenístico que lleva
a huir
del mundo y a la negación de los
valores
humanos, mientras la hominización
realiza
todo aquello que es humano. Esta
tendencia
no rinde plena justicia a la realidad
de
la divinización presentada en el
Nuevo Testamento.
V. La Unicidad y la Universalidad de la Salvación
en Jesucristo.
Parece obvio que esta especial instancia
se encuentre, en la mayor parte de
los casos,
en el diálogo interreligioso. ¿Cómo
se debe
concebir la pretensión universal y
absoluta
del Cristianismo en lo que concierne
a la
salvación en Jesús frente a las otras
religiones,
que presentan sus propias soteriologías
y
sus propias figuras de salvadores?
Con el
propósito sincero de responder a esta
pregunta,
no fácil, se han propuesto algunas
teorías
que podrían desviar de los fundamentos
esenciales
de la fe cristiana.
Una buena síntesis de la "problemática"
sobre este punto ha sido ya ofrecida
en el
documento Dominus Iesus (n. 4), que afirma: "El perenne anuncio misionero de la Iglesia
es puesto hoy en peligro por teorías
de tipo
relativista, que tratan de justificar
el
pluralismo religioso, no sólo de facto
sino
también de iure (o de principio). En
consecuencia,
se retienen superadas, por ejemplo,
verdades
tales como el carácter definitivo y
completo
de la revelación de Jesucristo, la
naturaleza
de la fe cristiana con respecto a la
creencia
en las otra religiones, el carácter
inspirado
de los libros de la Sagrada Escritura,
la
unidad personal entre el Verbo eterno
y Jesús
de Nazaret, la unidad entre la economía
del
Verbo encarnado y del Espíritu Santo,
la
unicidad y la universalidad salvífica
del
misterio de Jesucristo, la mediación
salvífica
universal de la Iglesia, la inseparabilidad
—aun en la distinción— entre el Reino
de
Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia,
la
subsistencia en la Iglesia católica
de la
única Iglesia de Cristo".
El ámbito de la problemática es muy amplio.
Intentemos enfocar mejor, aquí, algunas
instancias
propiamente Cristológicas.
- Se nota la tendencia a evitar las nociones
de unicidad, universalidad, de caracter
absoluto
cuando se trata de la salvación en
Jesucristo.
Una teoría preferiría atribuir un
valor normativo
a la mediación salvífica de Jesús,
desde
el momento que su persona y su vida
revelan
el amor de Dios de la manera más
manifiesta
y decisiva. Otra teoría, conocida
como "Cristología
no normativa", no consideraría
a Jesús
como el mediador único y exclusivo
de la
salvación. Podría ser un camino hacia
Dios
del todo adecuado para los cristianos,
pero
no se debería atribuirle la pretensión
de
exclusividad. Él revela lo divino
complementando
a otras figuras reveladoras y salvíficas,
por lo que Jesús es un maestro junto
a otros
maestros, con la única diferencia
que Jesús
es el más iluminado, consciente y
libre.
- Con el objetivo de armonizar la universalidad
de la salvación en Cristo con la
realidad
del pluralismo religioso, se ha propuesto
la teoría de la economía del Verbo
eterno
fuera de la Iglesia, además de la
economía
de la salvación del Verbo encarnado
limitada
a los Cristianos. La primera tendría
un valor
universal mayor, si bien la segunda
sería
más completa y total. Dicho enfoque
tiende
a dividir el Verbo de Dios del Verbo
hecho
carne, y postula dos economías separadas
de salvación.
- Otros teólogos, además, proponen una economía
del Espíritu Santo con un alcance
más universal
de la del Verbo encarnado. Pero la
fe cristiana
sostiene que la encarnación salvífica
del
Verbo es un evento trinitario y que
la acción
del Espíritu Santo no se sitúa fuera
de o
paralelamente a la acción de Jesucristo.
La mayor parte de las ambigüedades que podrían
llevar a posiciones erróneas surgen
del encuentro
misionero de la Iglesia con las culturas,
con la injusticia, con las otras religiones
y con corrientes ideológicas relativas
a
la humanidad y a la historia. Las dificultades
que plantean para la fe cristiana deben
enfrentarse
con una creatividad que permanezca,
sin embargo,
sólidamente fiel a las verdades concernientes
a Jesucristo.
La realidad de Cristo en la vida de la Iglesia
local
Introducción.
Una Iglesia local vive en un tiempo histórico
y en un contexto socio-cultural determinados.
Como hizo Jesús, la iglesia debe responder
a las necesidades de la gente en esta
realidad
humana. Durante los años del llamado
apartheid,
que iniciaron en 1948 con la subida
al poder
del partido nacionalista y acabaron
en 1994
con la llegada al poder del actual
gobierno
del ANC, sólo un 5-10% de la población
sudafricana
pertenecía a la iglesia católica. Es
decir,
la iglesia católica representaba una
mínima
parte del pueblo de un país con una
gran
diversidad cultural y religiosa.
En la historia de esta iglesia local podemos
ver algunas de las respuesta a la vida
social
de Africa del sur. En la primera parte
ofrezco
algunos ejemplos de cómo la iglesia
en Sudáfrica
ha descubierto la presencia del Cristo
que
sufre, y resucitado, en el contexto
de la
lucha contra el apartheid. En la segunda
parte, intento ilustrar cómo una cristología
histórica y pascual hace que la respuesta
de la iglesia católica sudafricana
a la elección
de las prioridades pastorales sea más
profunda.
Por último, para responder tanto al
énfasis
de una cristología basada en el evento
pascual
como a la unicidad de la mediación
cristológica
para la salvación, ofrezco algunos
ejemplos
de la investigación cristológica africana,
que aspira a descubrir la presencia
de Cristo
en las culturas locales: campo fructuoso
en el intento de inculturación cristológica.
1. Cristo que sufre, y resucitado: combatiendo
el mal del apartheid.
Una reflexión cristológica situada en el
interior de la transmisión eclesial
viva
de la palabra es un acontecimiento
histórico
y cultural. ¿Cómo se podía llevar a
cabo
la evangelización en un contexto como
el
de Sudáfrica durante los años del apartheid?
Este era el desafío de la iglesia,
aquí.
En Sudáfrica, la Jerarquía Católica fue establecida
en el año 1951. Desde el inicio se
preocupó
por la problemática racial. Puede observarse
que de las siete cartas pastorales
escritas
por los obispos hasta el año 1974,
seis tratan
sobre el tema de las relaciones entre
las
razas. "Esto es ya un fenómeno extraordinario en
la historia de la iglesia, y muestra
como
el discurso de raza es una prueba especial
de caridad o bien el amor en Cristo
que nosotros
cristianos debemos mostrar" (Synnot nd, 9). Los obispos observan
el hecho que todos son creados a imagen
de
Dios, y que Cristo ha venido para la
salvación
de toda la humanidad, cualquiera que
sea
la cultura o la raza. Se ve aquí una
afirmación
de la dignidad humana, sostenida a
través
de la encarnación del verbo y transformada
por la vida de Jesús y el evento pascual
de Cristo (PL1, 1-2).
Los obispos transmiten la enseñanza de Cristo
sobre la realidad del reino de Dios,
que
es don para todos, pero que debe ser
aceptado
por una vida de fe y moralidad. Así,
decían:
"Cristo nos enseña que tenemos que buscar,
como primera cosa, el Reino de Dios
y su
justicia; de este modo, todo nos será
dado
por añadidura" (PL1, 25). Es decir, la vida cristiana
es una vida moral en la cual hay que
subrayar
el pecado y cómo evitarlo. Una parte
importante
del viaje de las iglesias cristianas
en Sudáfrica
ha sido identificar la presencia del
pecado
y del mal en la sociedad del apartheid.
Esto
se ha ido afirmando gradualmente, bajo
la
influencia del Espíritu Santo: en el
apartheid
estamos ante un verdadero mal y los
que apoyan
este sistema cometen pecado. Un hecho
poco
conocido es que fueron los obispos
católicos
quienes tomaron por primeros esta posición.
En su carta pastoral de 1957 ya hacen,
proféticamente,
una "condena del principio del apartheid como
algo intrínsecamente malo" (PL1, 15). Esta es la primera vez
que una iglesia sudafricana condena
el mal
del apartheid como tal (Villa-Vicencio
1988,
36). La misma carta dice, más adelante:
"¿No nos estamos burlando del cristianismo
cuando nos proclamamos una nación cristiana
y seguimos, al mismo tiempo, una política
tan contraria a las palabras de Cristo?" (PL1, 16).
El Decreto Ad Gentes (22) afirma que una iglesia local emergente
debe desarrollar su propia reflexión
teológica.
Una teología contextual importante
durante
los años del apartheid fue la teología
negra.
Esta teología se situaba como una de
las
teologías de la liberación. En el contexto
del apartheid, la categoría principal
del
pecado para los teólogos negros era
la opresión.
Era la categoría más importante porque
era
la más urgente y, también, porque es
a menudo
la categoría más olvidada por la comunidad
cristiana. La teología negra afirma
la categoría
cristológica del mesías negro vinculada
a
la afirmación que Dios está siempre
de la
parte de los pobres. La gente negra
se preguntaba
si este Dios revelado de los blancos,
colonialistas,
racistas, podía ser también el Dios
de los
negros, las víctimas de la historia
desembocada
en la realidad del apartheid. El arzobispo
anglicano Desmond Tutu, mientras era
aún
un simple párroco, daba ya estos ejemplos
de cómo gritaba la comunidad negra:
"Cuando un desastre azota a la comunidad negra
- un accidente de tren en Soweto, un
desastre
en las minas, un accidente de autobús
u otro,
el grito no hablado, angustioso es:
"Pero,
¿por qué esto nos sucede siempre a
nosotros?...
¿por qué sufrimos?" ... y la respuesta
ingenua: "Dios no está de nuestra
parte"
El hombre negro es el hijastro de Dios." (Tutu 1971, 113).
Los teólogos negros respondían con la afirmación
de un Dios que está junto al pueblo
negro
en Sudáfrica. El Dios de la Biblia
es el
Dios de los pobres y de los oprimidos.
Él
es el Dios que los libera de sus sufrimientos.
De este modo, para los cristianos negros,
en el mundo racista del apartheid,
Jesús
como Mesías negro es "la única verdadera confesión para nuestro
tiempo" (Goba 1986, 58).
Estos son ejemplos de cómo la comunidad de
fe debía reflexionar, bajo la influencia
del Espíritu Santo, sobre el modo de
responder
como pueblo de fe en una situación
social
mal estructurada. La respuesta subrayada
aquí ha sido una respuesta profética,
no
siempre tomada con alegría, ni por
parte
de las autoridades ni por toda la gente.
Casi todos ven claramente ahora como
el camino
del apartheid fuese un camino de destrucción,
sufrimiento y esclavitud para todos.
Pero
en esos días, para algunos no estaba
tan
claro.
2. El rostro de Cristo en la práctica de
una iglesia local.
La revelación de Dios en Jesucristo lleva
consigo un evento histórico contextual;
es
decir, el verbo se ha encarnado por
medio
del Espíritu Santo en el seno de una
mujer
que vivía en un tiempo histórico y
en un
contexto socio-cultural determinados.
Ello
quiere decir que la iglesia local descubrió
su misión actual entrando en esta narración
bajo la influencia del Espíritu Santo,
para
hallar en su realidad actual las huellas
de su viaje hacia el reino de Dios.
En esta
segunda parte querría poner como ejemplo
de este proceso eclesial el modo como
la
iglesia local sudafricana ha conseguido
utilizar
un plan pastoral específico, resultado
de
la experiencia de la vida humana, social
y cultural en Africa del sur después
de 1977.
En los años setenta, la situación social
y política en Sudáfrica iba de mal
en peor.
Vista esta situación e inspirados por
las
reflexiones del Sínodo de los Obispos,
en
Roma, sobre el tema de la evangelización
en 1974, los obispos sudafricanos tomaron
la decisión de llamar a una consulta
pastoral
(Bate 1991, 72). Durante 1979, como
primer
paso, la consulta se hizo a nivel diocesano,
donde se agrupaban las necesidades
y prioridades
de los grupos locales. Éstas se recogierons
en un documento-base para una conferencia
formada por 178 delegados provenientes
de
las organizaciones, grupos y diócesis
de
la conferencia episcopal. Dicha conferencia
tuvo lugar en 1980. Este segundo paso
produjo
más de cien recomendaciones. La enormidad
del trabajo surgido de esta consulta
necesitaba
un proceso continuo de consultación,
y la
planificación a nivel de conferencia
convergió
en un documento base llamado ‘pastoral
working
paper’ (documento de trabajo pastoral),
que
veía la luz en 1984. Este documento
fue reenviado
a nivel local para discusiones en los
grupos
y en las parroquias y, para quien lo
deseaba,
también a nivel personal. Las respuestas
y los comentarios recibidos llevaron
a otro
documento base llamado "Pastoral
Plan
Working Paper" (Documento de Trabajo
para el Plan Pastoral), publicado en
1987.
Los cuatro puntos enumerados a continuación
eran los puntos principales de toda
esta
reflexión (CSH 1987:4):
a) el plan pastoral debe inspirarse claramente
en el conocimiento de la iglesia emergente
desde el Concilio Vaticano II;
b) este conocimiento de la iglesia debe conectarse
con la realidad de la vida en Africa
del
sur;
c) debe haber un tema clave para el plan
pastoral, que puede ser formulado como
"Community
Serving Humanity" (Comunidad al
servicio
de la humanidad);
d) el elemento base en el plan pastoral debe
ser la formación, es decir, la educación
y la evangelización de toda la gente
en la
iglesia.
El plan fue lanzado en 1989 y sigue en vigor,
aún hoy, como signo del modo en que
la iglesia
en Africa del sur ve su misión como
comunidad
de servicio en este momento. En un
libro
que reflexiona sobre la situación tras
siete
años de lanzamiento del plan (Bate
1996),
he intentado recoger ejemplos de cómo
el
plan pastoral ha inspirado a los diversos
grupos en campos distintos del servicio
pastoral
como la oración, la curación, el desarrollo
social, la inculturación, la pastoral
femenina,
el ecumenismo y la evangelización.
Si el
reino de Dios es una visión y un poder
en
la sociedad humana, debe serlo todavía
más
en la comunidad cristiana. Todos los
cristianos
están llamados a vivir la vida nueva,
a contribuir
y a servir a los otros. Sólo de este
modo
nos convertimos en cuerpo de Cristo.
3. Revelación de la presencia de Cristo:
salvador único en un mundo de diversidad
humana.
La singularidad de Jesús como salvador debe
entrar en la plenitud de la vida cotidiana
de la gente. Por este motivo, la cristología
ha siempre querido extender la riqueza
de
esta singularidad en la complejidad
de Cristo
para todas las naciones. Es este justamente
el objetivo de la evangelización que
nos
muestra S. Pablo en el episodio en
Atenas
(Hch 17: 22-34). En lo que concierne
a la
mayor parte de las iglesias africanas
sub-saharianas,
aquí se abre el argumento de la inculturación.
De este modo, ver a Jesucristo como salvador
para Africa lleva consigo todo el evento
Cristo interpretado por la comunidad
cristiana
africana, donde Jesús se ha convertido
en
uno de nosotros. De hecho, la cristología
es, probablemente, el área más desarrollada
de la teología africana y los teólogos
africanos
han dedicado muchos esfuerzos a este
trabajo
para desarrollar expresiones inculturadas
de Jesucristo. Ya he mencionado la
categoría
del mesías negro en la primera parte.
Aquí
me detengo sobre un enfoque de comparación
de los modos en los cuales la vida
y el ministerio
de Jesús reflejan la vida y el trabajo
de
las personas significativas en el contexto
social y cultural africano. Como ejemplo,
tomo únicamente dos de las muchas categorías
principales de la vida africana, sobre
las
cuales los teólogos africanos han trabajo:
a saber, el antepasado y el sanador
tradicional.
3.1 Cristo como "antepasado"
El ejemplo de Jesús en su vida corresponde,
en un cierto sentido, a los criterios
de
la vida humana buena de una persona
africana
designada a ser el antepasado en la
comunidad.
El antepasado es el modelo de cómo
la vida
humana debe ser vivida en la mayoría
de las
culturas africanas. Según Nyamiti (1984),
Cristo para nosotros es el antepasado,
pues
es el modelo de la plenitud de lo que
debe
ser la vida africana. Los antepasados
tienen
la responsabilidad de mediar una vida
completa
y buena para la comunidad, y esta función
puede ser comparada a la función de
Jesús,
el cual es mediador supremo de la salvación
que Dios nos ofrece. Bujo (1992, 80)
prefiere
el término "proto-antepasado"
para
Jesús, observando el hecho que la mediación
de Jesús obra a un nivel más profundo
y único.
3.2 Cristo como "sanador"
El sanador tradicional es una figura muy
importante en la sociedad africana.
Dado
que la curación era una parte tan importante
en la misión de Jesús sobre la tierra,
uno
no puede dejar de maravillarse que
esta categoría
sea sido muy importante en la cristología
africana. Mbiti (en Nyamiti 1991) ha
hablado
de la idea de Christus Victor. Pero
Kolie
(1991) ha puesto en guardia contra
una asimilación
demasiado fácil de esta categoría africana,
dada la realidad de la muerte, la enfermedad,
las plagas y los sufrimientos de la
vida
diaria africana, las cuales siguen
oprimiendo
a la gente del continente. La curación
debe
responder, aquí, de forma más efectiva
a
las enfermedades actuales.
4. Todo en todos (1Cor 15, 28)
Jesús no ha venido al mundo para ser objeto
de nuestras especulaciones intelectuales.
En cambio, su objetivo ha sido mucho
más
profundo. Se trata de la salvación
del mundo
y la reconciliación entre Dios y la
humanidad.
A través de Cristo tenemos acceso a
la vida
con el Padre. Las escrituras han sido
escritas
para que "creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de
Dios, y para que creyendo tengáis vida
en
su nombre" (Jn 20, 30). La reflexión de la iglesia
como comunidad de fe nos lleva a la
definición
de teología dada por S Anselmo, es
decir:
Fides quaerens intellectum (cur Deus
homo
1, II, c. 1). Esta debe ser una reflexión
que nos impulse a emprender otro paso
en
nuestro viaje común hacia el reino
de Dios.
Caminamos bajo el aliento del Espíritu
Santo,
y por el poder del Hijo unigénito muerto
y resucitado para la salvación del
mundo.
Si no tomamos el camino, no estamos
en Cristo,
el cual es camino. Así, la cristología
sirve
a la misión de la iglesia, es decir,
a la
misión de Cristo. Cada uno de nosotros
está
llamado a formar parte de esta misión.
En
mi presentación he intentado dar algunos
ejemplos de esta comunidad de fe de
Africa
del sur y de nuestro viaje de estos
últimos
años. Lo hago porque también es vuestro
viaje.
La iglesia es una, como uno es el camino.
Estamos comprometidos el uno con el
otro,
y todos en Cristo.
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La Cristología del Vaticano II: una perspectiva
australiana
Cuando los Arzobispos y Obispos de Australia
fueron a Roma en ocasión de su visita
ad
limina en Noviembre de 1998, tuvieron
encuentros
con los representantes de diferentes
Dicasterios
de la Curia para examinar la situación
de
la Iglesia en Australia. El documento
resultante
describe en grandes líneas algunas
debilidades
que se observan en el catolicismo australiano.
La primera debilidad de la que se ha
hablado
es de una crisis de fe. La segunda
debilidad
es la de una crisis de la Cristología.
Evidentemente,
las dos están relacionadas. La crisis
de
fe, que no es un caso particular de
Australia,
es una crisis espiritual que conduce
a los
hombres a perder el sentido de lo transcendente.
El resultado es que la fe se reduce
a una
consideración sólo de la perspectiva
humana.
Hablando de Cristología, en los años
sucesivos
al Concilio Vaticano, hemos experimentado
que el énfasis, en la catequesis y
en la
enseñanza teológica, se ha colocado
en la
humanidad de Cristo. Un tal énfasis
sobre
la humanidad de Cristo es un ejercicio
de
gran valor para liberar la Cristología
del
peligro de convertirse en árida especulación,
presentando a Cristo como modelo de
verdadera
humanidad. Pero el problema consiste
en el
hecho de que todo eso puede ofuscar
su divinidad.
El Concilio ha hablado de Cristo como
"el
primogénito entre muchos hermanos"
(GS
22, 4) a través de su resurrección.
Pero
si el acento se pone sólo sobre las
cualidades
personales que emergen en la vida de
Jesús,
la catequesis puede reducirse solamente
a
presentar un Jesús humano que nos enseña
como debemos vivir y nada más. En este
modo
de abordar el argumento faltan una
sana soteriología
y escatología. Se considera la muerte
de
Jesús en la cruz como una expresión
de la
inmensidad del amor de Cristo, pero
no como
un acto de expiación. "La grandeza
de
la vocación del hombre" (GS 22,
1) se
pierde cuando, al no mirar más allá
del horizonte
de este mundo, nuestra humanidad no
se encuadra
en la gloria de la resurrección de
Cristo
de entre los muertos. Esta es una empresa
laboriosa para los sacerdotes en su
predicación
y catequesis. El Concilio Vaticano,
en su
Decreto sobre el ministerio y la vida
de
los presbíteros, habla del "deber
primario"
de los presbíteros de proclamar el
evangelio
(Pontificia Obra 4). Esta proclamación
recuerda
la importancia que el Concilio da a
la Palabra
de Dios en la vida de la Iglesia. La
misma
doctrina ha sido renovada e impulsada
en
la famosa encíclica de Pablo VI, Evangelii
Nuntiandi, que habla de la evangelización
como "la dicha y vocación propia
de
la Iglesia" (EN 14). Juan Pablo
II ha
hablado de esta vocación en sus frecuentes
alusiones de una nueva evangelización.
La
llamada a comprometerse en esta "nueva
evangelización" pone de relieve
la necesidad
de individualizar el contenido esencial
de
esta predicación. Según Pablo VI, consiste
precisamente en estas palabras, "una
clara proclamación de que en Jesucristo,
Hijo de Dios hecho hombre, muerto y
resucitado,
se ofrece la salvación a todos los
hombres,
como don de la gracia y de la misericordia
de Dios" (EN 27). El núcleo del
ministerio
de los sacerdotes se encuentra en la
proclamación
del Evangelio, cuyo punto central es
la plenitud
del misterio de Cristo en todos sus
aspectos
soteriológicos y escatológicos. Este
es un
arduo desafío para la Iglesia en Australia.
Abiyán
La Cristología contemporanea, los desarrollos
a partir del Concilio Vaticano II y
las características
emergentes
El tema elegido para la video-conferencia
se ve reflejado adecuadamente en el
contenido
del texto, cuya riqueza se basa en
libros
importantes y en documentos del Magisterio,
cuidadosamente citados en orden cronológico.
Leyendo el texto de la Conferencia,
vemos
claramente las características de los
desarrollos
de la Cristología en los últimos decenios.
Como se ha dicho: se trata sin duda
de una
Cristología trinitaria, histórica y
pascual.
Apoyándonos en esta presentación completamente
exacta, queremos orientar nuestra intervención
hacia la misma estructura del texto,
partiendo
de una sensibilidad esencialmente bíblica.
Una Cristología trinitaria: la Revelación
de Dios en Jesucristo
En la primera parte, que inicia con la existencia
o la vida terrestre de Jesús de Nazaret,
además de cuanto ya se ha dicho, hubiera
sido útil referirse a los textos bíblicos
donde nos damos cuenta de manera simultánea
de la manifestación del Padre, del
Hijo y
del Espíritu Santo, de las tres personas
de la Trinidad, a través de la única
presencia
o acción de Jesús que revela su unidad,
como
por ejemplo en ocasión del bautismo
de Jesús
cuando el Espíritu de Dios desciende
sobre
Él… (cfr. Mt 3, 16; Mc 1, 9-10; Lc
3, 21-22;
Jn 1, 32-34). Al mismo tiempo se puede
decir
que la cristología trinitaria aparece
igualmente
en Lc 4, 18 donde, en la sinagoga de
Nazaret,
Jesús leía el texto del profeta Isaías:
"El
Espíritu del Señor sobre mí… Me ha
ungido
para anunciar…" ¿Por qué esta
omisión?
Lo que habríamos deseado en este punto es
la referencia a otros numerosos textos
de
la Sagrada Escritura, los cuales podrían
poner de relieve la revelación de Dios
Padre
en Jesucristo. Todo esto fue hecho
en la
página 3, pero también otras citas
ahogarían
aún más el contenido del título arriba
indicado.
Una Cristología histórica: el aspecto circular
entre el Jesús de la historia y el
Cristo
de la fe
En esta parte observamos que no hay diferencia
entre el Jesús de la historia y el
Cristo
de la fe. Se trata de la misma persona,
Hijo
del hombre e Hijo de Dios que asume
nuestra
humanidad y que tiene interés en la
historia
de los hombres. Además, podemos constatar
que el Redentor ha querido que Su obra
histórica
fuera una obra permanente, históricamente
inagotable. Por lo tanto, Él ha elegido
a
los discípulos, a los apóstoles para
continuar,
en el tiempo y en el espacio, la misión
recibida
del Padre.
Por esto deseamos que una Cristología histórica,
que quiere ser integral, se abra a
la misión
de la Iglesia "como el Padre me
envió,
también yo os envío …. A quienes perdonéis
los pecados, les quedan perdonados…"
(Jn 20, 21-23). Esto muestra la continuidad
de la misión redentora del Jesús de
la historia
y del Cristo de la fe en la historia
de los
hombres.
Una Cristologia pascual: la singularidad
de Jesucristo y la salvación del mundo
Una Cristología pascual puede apoyarse sobre
un texto bíblico del binomio "muerte-resurrección"
de Cristo para añadir aún una importancia
con mayor autoridad a esta reflexión
que
toma como punto de partida, la Encíclica
Redemptoris Missio. Se podría citar por ejemplo, desde el principio
a Mt 27, 51-53. Con respecto a la salvación
de los no cristianos, Gaudium et spes 22, 5 puede ayudar a una comprensión mejor.
Al final queda una pregunta: "Cómo
presentar
este tema de la Cristología pascual: la singularidad de Jesús
y la salvación del mundo a los no cristianos para que también ellos
lo acepten sin reservas"
"LA CRISTOLOGÍA HOY: SU DESARROLLO A
PARTIR DEL VATICANO II Y LAS CARACTERÍSTICAS
EMERGENTES
1. COMENTARIO SOBRE LA EXPOSICIÓN DE MONS.
BRUNO FORTE
Quiero destacar la maravillosa síntesis que
Mons. Bruno Forte ha hecho de los diversos
aspectos que se han venido desarrollando,
tanto desde el punto de vista del Magisterio
Pontificio, como desde la contribución
de
los teólogos a la Cristologia posterior
al
Vaticano II. Sin duda que el horizonte
trinitario,
el énfasis histórico y el referente
pascual
son claves para poder tener una adecuada
aproximación al misterio de Jesucristo
que
tiene sus referentes en la encarnación,
en
el establecimiento del Reino de Dios,
en
su Pascua y en el envío del Espíritu
Santo.
En efecto es Dios Padre, quien Resucitando
a Jesús y enviándonos su Espíritu,
muestra
que Él tiene todo su aval y regala
su Santo
Espíritu para que los seguidores de
su Hijo
tengamos su filiación y establezcamos
con
su gracia la fraternidad que nos propuso
a partir del Reino y entremos en comunión
con la Santa Trinidad.
El enfoque que Mons. Forte hace de la perspectiva
re-velatoria de la Palabra hecha carne
en
la dialéctica del que muestra, pero
al mismo
tiempo oculta, nos lleva a que la aproximación
desde ese horizonte trinitario habrá
que
hacerla siempre en una actitud de alabanza
ante el misterio que se nos entrega,
más
aún que se hace teo-dramática y que
por lo
mismo nos involucra en la escena, pero
que
al mismo tiempo nos excede y solo a
través
de la plegaria y de la comunión se
llega
a barruntar en su desenlace trascendente.
Esta misma actitud de alabanza sin duda habría
que incluirla en cada una de las perspectivas
que indica Mons. Forte, pues al trasladarla
a la perspectiva Pascual tendremos
que doblar
las rodillas ante el misterio de la
cruz
de Cristo que nos trasciende y que
rompe
los parámetros de fuerza y entendimiento
humanos y que se desbordan en la proeza
escatológica
del Padre en su Hijo resucitado. Nos
muestran
igualmente hasta dónde llega la solidaridad
de nuestro Sumo Sacerdote ante Dios,
igual
en todo a sus hermanos menos en el
pecado,
pero al mismo tiempo oculto e identificado
con cada ser humano que se le niegue
la dignidad
que como hijo Dios se le ha comunicado
en
Jesús.
Como teólogo latinoamericano valoro positivamente
la forma como Mons. Forte asumió en
su exposición
uno de los aportes fundamentales que
la teología
de este continente ha querido subrayar
en
su contribución a la Cristología universal
de la Iglesia, sin querer decir que
sea exclusivo
de estas latitudes; me refiero al del
seguimiento
del Jesús histórico, a la indagación
a través
de sus "misterios" de su
libertad
e intencionalidad humanas, junto con
la constatación
de la incertidumbre, del asumir Jesús
su
conflictividad histórica, no como un
horizonte
ideologizante sino por que la justicia
del
Dios del Reino se lo pedia y esto nos
lanza
a una cristoíogía más "militante"
como lo ha dicho textualmente él, orientada
por la candad.
Es importante destacar igualmente la singularidad
salvífica de Jesucristo, ya que nos
afecta
a nosotros los latinoamericanos en
la múltiple
propuesta religiosa que se está haciendo
en nuestro continente que viene presentando
indiscriminadamente la figura de Jesucristo
al lado de otros líderes religiosos
mundiales
como equiparables con el misterio único
revelado
en Él. Este sincretismo religioso que
llega
a afirmar la simultaneidad de fe en
el Resucitado
con la reencarnación, o que acepta
a Cristo
como salvador en el plano individual
pero
sin un referente comunitario eclesial
con
su rica tradición, que enfatiza los
esplritualismos
pero olvida los compromisos históricos
de
quien se encarnó y fue a la muerte
por la
justicia del Dios del Reino. Todos
estos
despropósitos se confrontan con el
aludido
criterio acotado por Mons. Forte de
la síntesis
calcedonense, sin confusión o mezcla,
pero
sin división ni separación.
2. ALGUNOS INTERROGANTES PARA MONS. B. FORTE
(SUGIERO ESCOJA UNO PREVIAMENTE DADO EL TIEMPO
BREVE)
Qué piensa Ud. Mons. Forte de la afirmación:
En Jesucristo más que una revelación
del
misterio de Dios se nos ha revelado
un camino
para acceder a Dios, un modo de humanidad,
si se quiere el único y verdadero,
pero la
trascendencia de Dios siempre estará
en el
misterio que solo veremos cara a cara
cuando
nos encontremos con El.
Desde su magistral exposición ¿cómo entrevé
el futuro de la Cristologia ante problemas
como la globalización como estandarización
cultural y al mismo tiempo como imposición
de un modelo socio económico único
que está
cada vez más empobreciendo multitudes
privándolas
de su diversidad cultural y matando
de hambre
a millones de seres humanos?
La ciertamente única salvación aportada en
Jesucristo, ¿no podría dar pie, en
algunos
sectores eclesiales, para mezclar el
poder
político con el poder e integrismo
religioso?
Gracias!
P. Silvio Cajiao, S.l.
SUGERENCIA:
Estimado Mons. Forte me atrevo, ya que su
documento es tan valioso y quiere recoger
los aportes que tanto la Comisión Teológica
Internacional, como el Magisterio de
su Santidad
Juan Pablo II han hecho, a incluir
en la
primera parte de su exposición el valioso
aporte que la Pontificia Comisión Bíblica
hiciera en su documento "Biblia
y Cristologia"
donde se analizan los once modelos
cristológicos
contemporáneos dando una valoración
crítica
de los mismos y presentando unos criterios
de trabajo exegético para la Cristologia.
Esto lo digo como mínimo aporte ya
que sé
que al escuchar, y muy probablemente
poder
leer, posteriormente los sacerdotes
de todo
el mundo su maravillosa exposición
pueden
tener así todos los referentes completos
que el Vaticano ha dado y que en ocasiones
se desconoce. Es cierto que se ha prometido
que vendrán estos textos acompañados
de una
amplia bibliografía, es probable que
se haya
ya incluido en ella y yo lo desconozca,
De nuevo mil gracias por permitirme participar
en tan valioso y "virtual"
encuentro.
Atentamente,
Silvio Cajiao Rabón, S.l.
Samoa
Antes que anda, agradecemos al Señor por
todo lo que nos ha dado. Nos ha dado,
sobre
todo, su protección para vuestra y
nuestra
vida. Gracias a la Congregación para
el Clero
por la preparación de esta Conferencia
especial
y por habernos dado esta oportunidad
de estar
con ustedes y de oír la voz de la Iglesia
Universal que se alza desde todas partes
del mundo. Podemos decir que es la
voz de
la Iglesia en su Unidad. Prácticamente
nuestro
corazón está lleno de alegría cuando
escuchamos
a nuestros Hermanos desde cada rincón
del
planeta, no obstante una probable distorsión
de nuestras voces a causa de las grandes
distancias de transmisión.
Estos son nuestros pensamientos y sentimientos
en relación con esta bella Conferencia.
Les
agradecemos de nuevo por el argumento
cristológico
que estamos discutiendo, que constituye
una
labor fatigosa pero importante, pues
se refiere
a un tema fundamental de la fe cristiana,
no sólo de hoy, sino también del pasado.
En el argumento tan claramente expuesto
en
diversos puntos, vemos como se profundiza
el anuncio del Evangelio de Jesucristo.
Este
incluye en sí el aspecto del hombre
che viene
elevado por el mismo Jesús en su humanidad
real. Por esto, el hombre debe conocer
y
comprender el amor total de Dios, para
cuyo
cumplimiento Jesús escendió del Cielo
tal
como ha sido aclarado en el argumento.
Pero
viendo las guerras, las enfermedades
graves
como por ejemplo el SIDA, el terrorismo,
etc. de frente a la situación del mundo
de
hoy podemos preguntarnos: "¿Dónde
está
Dios?". Pienso que esta sea la
pregunta
a la cual debemos responder, porque
se trata
de una pregunta que nos dirigen a nosotros
cada día.
Sé que la respuesta está en nuestro argumento.
Pero faltan los caminos a través de
los cuales
esta respuesta puede llegar a toda
la humanidad.
Sobre este punto debemos trabajar ahora.
Si no lo hacemos, nuestro discurso
es inútil.
Esta es nuestra opinión, con la cual
queremos
contribuir a nuestra Conferencia. Los
saludamos
con el amor de Dios y de los hermanos
en
la fe común en Jesucristo. ¡Los saludamos
a todos! Les agradecen sus hermanos
samoanos.
El relator ha introducido magníficamente
al reto fundamental de la cristología
en
la actualidad: superar la sospecha,
cuando
no la ruptura, entre la confesión del
Hijo
de Dios, de su Encarnación, y la humanidad
de Jesús de Nazaret. Pues, sin ello,
el conocimiento
de Jesucristo se queda en los inicios,
en
la afirmación de un dogma que permanece
abstracto:
se confiesa que el Hijo de Dios se
hizo hombre,
pero no se explica lo que eso significa
realmente.
Venimos de tiempos marcados por una lectura
"histórico-crítica" de la
vida
de Jesús que, en gran parte, ha querido
comprender
al Señor con la medida de la sola razón,
proponiendo una interpretación de su
persona
y de su misión alternativa a la apostólica.
Es decir, venimos de tiempos en que
el mejor
conocimiento de la historia evangélica
parecía
dificultar a muchos la afirmación primera
de la fe cristiana: el Hijo de Dios
se ha
hecho hombre por nosotros y por nuestra
salvación.
Hoy día puede decirse que el trabajo histórico
de generaciones de teólogos ha dado
magníficos
frutos, mostrando la credibilidad de
los
datos fundamentales de la predicación
apostólica,
así como la legitimidad hermenéutica
del
kerygma cristiano. Cierta de esta base
crítica,
la teología reflexiona de nuevo sobre
lo
acontecido en la plenitud de los tiempos,
que el Concilio nos describía con acentos
adecuados a nuestra época: "Cristo,
Adán novísimo, en la misma revelación
del
misterio del Padre y de Su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre
y le
descubre la grandeza de su vocación"
(GS 22a).
Este misterio de Cristo fue comprendido por
los Apóstoles gracias a la historia
vivida
con Él, y decisivamente gracias al
paso de
la Cruz, Resurrección y Don del Espíritu.
No es posible acceder al conocimiento
de
Cristo sin entrar en la comunidad de
sus
discípulos y sin situar en el centro
los
acontecimientos de la Pascua, como
lugar
donde culmina la revelación de Dios.
Sin la Pascua, no habrían llegado los hombres
a confesar a Jesús como Hijo de Dios;
es
decir a percibir el indecible Amor
del Padre,
que entrega a su Hijo para la salvación
de
los hombres, y cómo Éste, en el mismo
Amor,
se anonada hasta compartir nuestro
destino
de pecadores, el abandono de la muerte,
para
que pudiese ser cambiado por Dios.
Este divino abajamiento, que no se arredra
ante la muerte en cruz, es comprendido
por
los hombres tras la resurrección, cuando
pueden percibir además sus razones
y su finalidad:
a la entrega de un corazón humano,
que lo
amó y confió en Él plenamente, Dios
quiere
responder con el Don pleno del Espíritu,
de modo que en Jesús habite corporalmente
toda la plenitud de la divinidad.
En Jesucristo, la humanidad se convierte
así en fuente de salvación, de vida
y de
gloria para todos los hombres. Con
la entrega
de su Cuerpo y de su Sangre, con el
don de
su Espíritu, llama a los hombres a
su seguimiento,
a una verdadera comunión de las personas,
signo e instrumento del destino del
universo.
Así, viendo con estupor la obra que Dios
confía al corazón humano, la dignidad
con
la que quiere enaltecer su camino,
el respeto
exquisito con que le ofrece su Vida
al hombre,
éste no encuentra en el Dios verdadero
a
un oponente o a un adversario, sino
que se
goza en la alabanza de la gloria del
Amor
de Dios.
Alfonso Carrasco Rouco
Facultad de Teología "San Dámaso
Madrid, septiembre 2001
Que Jesús sea verdadero Dios y verdadero
hombres es un artículo de fe, una revelación
de Dios a su pueblo. La cristología,
estrictamente
hablando, no es una investigación para
determinar
la veracidad de este artículo, sino
un ejercicio
de la fides quaerens intellectum. Nuestra investigación consiste en determinar
qué impacto tiene sobre nosotros y
sobre
nuestra salvación esta revelación divina.
Intentar determinar la verdad del elemento
divino significaría tener el mismo
destino
de Zacarías, el cual dudó sobre la
revelación
de Gabriel al querer de Dios, y no
en el
destino de la Virgen María, que meditaba
todas estas cosas en su corazón.
La cristología, por lo tanto, inicia con
la revelación y tiene como objeto de
estudio
la Palabra Encarnada de Dios, la cual
es
una sola persona con dos naturalezas:
humana
y divina. Si bien se habla de este
misterio
con diversas fórmulas de lenguaje,
como por
ejemplo la unión hipostática, la communicatio idomatum y la cristológica perichoresis, la realidad de la unicidad de la persona
de Jesús no está limitada por nuestra
definición.
Debemos dirigirnos, todavía, a la Sagrada
Escritura a la luz de la constitución
dogmática
Dei verbum.
Efectivamente, es a través de la Sagrada
Escritura, especialmente de los Evangelios,
que más se revela Jesucristo a nosotros.
Con la seguridad de la inspiración
e inerrancia
de la Sagrada Escritura, encontramos
la sólida
afirmación de la humanidad y divinidad
de
Jesús – ambas en la misma persona –
y las
dos igualmente afirmadas por el testimonio
bíblico. Si este testimonio bíblico
es puesto
en discusión a priori, si tanto la humanidad como la divinidad
de Jesús, tal como está atestiguada
en la
Biblia, se considera dudosa, y si una
de
estas dos naturalezas es incierta,
entonces
la totalidad del testimonio bíblico
es puesto
en duda. Y no sabemos nada de Él.
Nuestra búsqueda hoy no es, ni para un Jesús
histórico, que no existe separado del
preexistente
Logos, ni para un logos gnostico, que no existe separado del Jesús encarnado.
Nuestra búsqueda es la misma al principio
y al final: Jesucristo. Nuestra investigación
en la cristología es la de saber mucho
más
sobre Cristo, y de meditar todas estas
cosas
en nuestro corazón.
Un modo distinto de hacer Cristologia
La sección de programas en chino de la Radio
Vaticana, en vista del año jubilar,
me pidió
que escribiera cuatro artículos para
su página
Web. En Taiwan estos artículos han
sido recogidos
en un pequeño opúsculo, cuyo título
es: "Cómo
ha influido Jesús sobre la humanidad".
Durante la solemne apertura del año Jubilar,
la Iglesia local ha distribuido ampliamente
este opúsculo por todas partes.
El tema de los artículos era:
- Quién es Jesús
- La Iglesia instituida por Jesucristo
- Jesús y la historia humana
- Jesús y el futuro del pueblo chino
El método usado se inspira al Sínodo de los
Obispos de Asia (1998), y es el que
emerge
en el Documento Sinodal "Ecclesia
in
Asia".
¿Cómo anunciar a Cristo en Asia?
Los Obispos del continente asiático insisten
vivamente en que para evangelizar al
hombre
asiático es necesario usar el método
de la
"narración-parábola", reafirmando
así el valor de las parábolas narradas
por
Jesús.
En la antigua China, muchos personajes famosos
usaban la "narración" para
adoctrinar:
Confucio, Mencio, Chuangze, han sido
en esto
maestros incomparables.
¿No ha hecho así también Jesús?
La actividad evangelizadora puede ser distinta
e ir desde el narrar una historia a
dar una
conferencia.
Cuando se "narra" una historia
la gente rodea al orador, y el público
no
es muy numeroso.
Para narrar hace falta una gran habilidad,
vivacidad y capacidad de hacer mella
sobre
los oyentes.
En el Sínodo Asiático, los Obispos han discutido
también sobre los diversos iconos de
Cristo:
Cristo, Maestro de Sabiduría; El Misericordioso;
El Cirujano; El Predicador; Aquel que
obra
Milagros; Que Perdona, etc. concluyendo
que
el icono preferido por el mundo asiático
es el de "Jesús, Maestro de Sabiduría".
Por los motivos arriba indicados, mis primeros
dos artículos narran la "historia"
de Jesús o, al menos, son un intento
de narrar
la historia de Jesús.
Los otros dos artículos presentan el icono
de "Jesús, Maestro de Sabiduría".
La sabiduría de Su vida y de Su predicación
son una joya de historia humana para
todos,
incluidos los chinos. No presentar
o no conocer
tal sabiduría sería una grave pérdida.
Frente al desafío de evangelizar la gran
China, este tipo de Cristología es
aún un
experimento.
Se puede considerar la huella indeleble que
Cristo ha dejado en la historia humana
bajo
una triple óptica:
Primero: para Jesús, la fuerza que mueve todo es su
íntima libertad y el amor. Su relación
filial
con Dios y la relación de amor fraterno
con
los otros son expresiones concretas
de su
apertura al mundo. La tradición de
los profetas,
su movimiento de unidad mundial y de
apertura
a las naciones encuentran su expresión
y
cumplimiento en la acción de amor universal
de Cristo. El objetivo de su vida ha
sido
el de hacer del género humano una única
grande
familia.
De hecho, bajo su influencia, miles de vidas
se han convertido, por ellas mismas,
en anuncio
de su amor universal.
Segundo: las palabras y las acciones de Jesús no han
permanecido escondidas en su ánimo,
sino
que se han expresado al exterior, confirmando
claramente su conducta y exigiendo
comprometerse
con la realidad concreta, para construirla
y cambiarla positivamente, desde las
instituciones
sociales a la vida individual.
Por esto, hay quien afirma que Jesús al menos
ha sembrado en la historia humana la
semilla
de la revolución.
De hecho, hasta hoy, él sigue influenciando
el mundo para que se convierta en el
mundo
del verdadero amor universal.
Tercero: Jesús ha expresado un culto a Dios, no prisionero
del rito cultual, sino que se expresa
en
espíritu y verdad.
Amar a Dios es garantía del amor a los hombres
y es el único camino para instaurar
de forma
eficaz en el mundo la paz y la justicia.
Por esto, mientras la ley civil se compromete
en proteger el bien público, la tradición
religiosa aspira a transmitir a los
venideros
lo que es verdadero, sano y perfecto.
Jesús se ha mantenido libre frente a las
estructuras sociales de su tiempo y
ha conservado
una cierta distancia de los extremismos
ideológicos,
sin vincularse a ninguno.
Suscitando estupor entre sus discípulos,
él ha defendido su libertad y autonomía
frente
a las autoridades religiosas y ha demostrado
una admirable espontaneidad frente
al gobernador
romano.
En la historia humana, Jesús es el prototipo
de los mártires; con él, la cruz se
ha convertido
en el símbolo irrebatible del culto
a Dios
y de amor universal.
En el contexto del tema
"La Cristología desde el Vaticano II
a nuestros días"
"Quien emprende el discurso sobre la
persona y la vida de Jesucristo debe
saber
desde el primer momento, y muy claramente,
lo que pretende hacer y los límites
impuestos
a toda investigación sobre este tema".
Esta expresión puede indicar eficazmente
la condición que se tiene que adquirir
cuando
se escribe sobre Jesucristo. La cristología
constituye el corazón de cada teología,
porque
señala el punto inicial de toda reflexión
de la fe sobre sí misma y representa
su punto
final como experiencia de la contemplación
y de la adoración de la figura divina.
Pero
el centro de toda cristología es la
afirmación
"Jesús es el Cristo", que
expresa
al mismo tiempo el inicio de la fe
de la
comunidad primitiva y su contenido.
Esto
significa que toda cristología deberá
hacer
explícitos los dos polos de su discurso:
Jesús y Cristo, ver la naturaleza de
su relación
así como las relaciones con toda la
teología.
La teología fundamental debe hacer de la
cristología su centro de atracción
y el punto
de referencia, que no se puede eliminar
si
quiere ser plenamente una teología
capaz
de comunicar a los contemporáneos el
misterio
de la salvación cristiana y su credibilidad.
Es importante por eso darse cuenta
de la
relación que existe entre teología
fundamental
y dogmática respecto a la cristología,
y
ver la especificidad de análisis que
le corresponde
a la fundamental.
Una rápida observación de las cristologías
actuales permite evidenciar que ningún
dogmático
construye su reflexión cristológica
prescindiendo
de los datos sobre el Jesús histórico:
en
todos los estudios es posible comprobar
cómo
la parte histórica es un elemento constitutivo
de una sucesiva reflexión dogmática.
Esto
significa que la tendencia de las cristologías
postconciliares es la de dar razón
a la orientación
provocada por el Vaticano II, que centra
cada tema teológico en la dimensión
personalista
e histórico–salvífica.
La fundamental que se aproxima a la cristología
deberá enfocar su intervención mediante
la
verificación de los "títulos cristológicos".
En otros términos, la teología fundamental,
por su naturaleza y por sus propios
medios
de investigación, debe acercarse a
la cristología
investigando sobre las componentes
de la
autoconciencia de Jesús tal como la
expresan
los evangelios. Deberá, pues, establecer
si la comunidad primitiva ha transmitido
auténtica e históricamente la conciencia
de Jesús en su presentarse como Mesías,
Hijo
del hombre, Hijo del Padre o, por el
contrario,
si estas expresiones son sólo fruto
de la
fe post-pascual. La fundamental, pues,
estudia
esta relación y proporciona a la dogmática
esos resultados que no son únicamente
fruto
de la exégesis o de la teología bíblica,
sino que ya son, por sí mismos, elaboración
teológica centrada sobre el carácter
"revelador"
que posee toda expresión de Jesús.
Se puede, pues, pensar en una especificidad
del trabajo teológico–fundamental en
relación
a la teología, que es precisamente
el de
proporcionar un dato ya elaborado teológicamente
y ya integrado en el horizonte de un
estudio
más global y sistemático. De hecho,
la fundamental
no pretende tomar los diferentes "títulos
cristológicos" como expresiones
en sí
mismas (que son competencia de la exégesis
y de la teología bíblica), sino globalmente
integrados en la dinámica reveladora
de Jesús
que, mediante ellos, expresa la autoconciencia
de su misión salvífica. Un enriquecimiento,
pues, el de la investigación de la
fundamental,
que ayuda más y mejor a la formulación
de
las cristologías contemporáneas porque
les
proporciona un marco histórico y teológico
que las relaciona con las cristologías
de
las comunidades post-pascuales y con
el mismo
Jesús, en quien estas comunidades creen
y
a quien proclaman Mesías y cumplimiento
definitivo
de las antiguas promesas.
† Rino Fisichella
Rector Magnífico de la
Pontificia Universidad Lateranense
La cristología desde el Vaticano II a nuestros
días
1. Por más que los cristianos se asuman hoy
en día la responsabilidad de anunciar
la
figura de Cristo, ha sido consolador
descubrir
en el último decenio, que la abundante
literatura
cristológica ha sustancialmente desmentido
lo que una cierta teología bultmaniana
sostiene.
Es decir, que fuera imposible ir más
allá
del Cristo de la fe para alcanzar la
"figura"
(Gestalt) de Jesucristo. En cambio, cada vez más
vemos emerger de todas las investigaciones
histórico-críticas, aún las más sofisticadas,
la silueta de Jesucristo. Su Persona, su vida, su misión,
últimamente su muerte-resurrección,
hacen
de él una presencia efectiva y real
para
el hombre de su tiempo. Para Andrés
y Juan,
para Zaqueo y la Samaritana, para la
viuda
de Naim y el Centurión.
2. Surge aquí, sin embargo, una gran cuestión.
¿Como puede un hombre que ha vivido
en un
arco de tiempo muy preciso, ser contemporáneo
mío hoy, de hombres de otros tiempos
y de
culturas distintas como las que se
han sucedido
hoy, aquí, en esta conexión extraordinaria?
Diciéndolo como diría Kierkegaard:
yo puedo
encontrar a Cristo sólo si es contemporáneo
mío. Jesús, que ha vivido en ese tiempo,
¿cómo vive también aquí y ahora, para
mí,
para todos nosotros?
La respuesta a esta pregunta expresa todo
el genio del catolicismo. Éste está
concentrado
en el Jueves Santo. En este gesto estupendo
de anticipación de Su muerte, de Su
resurrección,
de Su misma persona viviente que fue
la institución
de la Eucaristía y en la Eucaristía
de toda
la comunidad cristiana como el lugar (sacramento) en el cual nosotros, hoy podemos
constantemente encontrarlo.
3. De este modo, Jesucristo habla al corazón
de mi libertad. Cada día Él tiene que
ver
con todas las personas, con sus afectos
y
su trabajo. En este sentido, ningún
hombre
está lejos de Jesús, tampoco aquel
que está
en las condiciones más degradadas.
Porque
cada acto de nuestra libertad, siempre
históricamente
situado, siempre determinado, puede
encontrar
y encuentra la benevolencia total del
Padre,
en el Espíritu Santo, Jesucristo.
¿Cuál es la condición para este encuentro?
Consiste en el hecho que esta libertad
sepa
pertenecer a ese lugar sacramental
en el
cual, a través de la humanidad de Cristo,
alcance su divinidad (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 515). Cada uno de nosotros está llamado a
ser testigo, es decir a mostrar a cada
hombre
que encontramos que Jesús obra en favor
de
su libertad. ¡Gracias!
Para una ulterior profundización:
A. Scola – G. Marengo – J. Prades, La persona umana. Manuale di Antropologia
Teologica, AMATECA, Jaca Book, Milano 2000. Capitolo
I.
A. Scola, Questioni di Antropologia Teologica, PUL-Mursia, Roma 1997. Prima parte.
A. Scola, Gesù destino dell’uomo, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 1999.
"La Cristología desde el Vaticano II
a nuestros días"
La cristología ha conocido, después del Concilio,
un período difícil.
Existían dificultades para elaborar una síntesis
doctrinal que integrara los resultados
más
válidos de los estudios sobre la Escritura
y, precisamente, sobre los Evangelios.
Las
investigaciones exegéticas llevan a
menudo
a posiciones e interpretaciones muy
distintas.
En el pasado el teólogo que no quería
simplemente
reproducir la doctrina más común debía
tener
en cuenta los cambios de perspectiva
impuestos
por la exégesis, eligiendo la vía que
le
parecía más justa. Podemos entender
por qué
durante un periodo se había parado
la publicación
de cristologías. Es significativo que
en
una Facultad de Teología había desaparecido
del programa el curso de cristología.
Más grave aún desde el punto de vista doctrinal
ha sido la situación creada por un
movimiento,
nacido entre teólogos católicos, que
para
subrayar la realidad del hombre en
Cristo
dejaba en la sombra, ignoraba o negaba
su
divinidad. Esta "nueva cristología",
formulada en Holanda en 1966, se difundió
en otros países y si bien actualmente
es
menos viva, no ha perdido sin embargo
todos
sus partidarios. Implica un desafío
que empuja
la teología hacia una vía de afirmación
más
sólida, mejor justificada, de la divinidad
de Cristo.
A esta afirmación están vinculadas, especialmente,
la fe en la Trinidad y la fe en la
Eucaristía.
La reciente controversia nos recuerda que
en el momento de la venida de Jesús
al mundo,
el problema esencial fue el de la fe
en su
identidad de Hijo de Dios. No es sorprendente
que este problema siga manifestándose
para
suscitar una respuesta más convencida
de
fe.
Recientemente, otro aspecto de la doctrina
cristológica ha sido objeto de controversia:
Cristo, Salvador único y absoluto.
La preocupación
por afirmar para todos los hombres
la posibilidad
de acceder a la salvación ha llevado
a algunos
teólgoso a proponer, junto a la de
Cristo,
otras vías de salvación. Esta posibilidad
debe ser admitida, pero en conexión
con la
verdad de Cristo, Salvador único y
universal.
Esta verdad merece profundizarla aún
más.
Prefecto de la Congregación para los Obispos
Deseo expresar mi vivo aprecio por los esfuerzos
de sana actualización teológica que
motivan
esta video-conferencia por la cual,
todos
nosotros que estamos conectados, hemos
tenido
la oportunidad de profundizar la Persona
de "Nuestro Señor Jesucristo, perfecto en su
divinidad y perfecto en su humanidad,
verdadero
Dios y verdadero hombre", nuestro único Salvador y nuestra Esperanza.
Esta iniciativa podrá constituir un instrumento
muy útil a los Obispos y a sus presbíteros
con el propósito de una formación continua,
constante y necesaria. Sirviéndose
de los
medios más modernos de comunicación
actualmente
a disposición, se actualiza también
de este
modo, la solicitud del Concilio Vaticano
II que, en el n. 16 del Decreto "Christus
Dominus", pide a los Obispos que
"vivan preocupados de su condición espiritual,
intelectual y material (de los sacerdotes),
para que ellos puedan vivir santa y
piadosamente,
cumpliendo su ministerio con fidelidad
y
éxito" fomentado iniciativas "para adquirir un conocimiento más profundo
de las disciplinas eclesiásticas…,
de los
nuevos métodos de acción pastoral".
Confiando todo en las manos de la Santísima
Virgen María, que en la visita a su
prima
Isabel ha llevado la alegría de la
presencia
del único Salvador, auguro que la iniciativa
llevada a la práctica ayude a todos
los sacerdotes
a descubrir nuevamente la alegría del
don
y del misterio que conlleva en sí y
a correr
con renovado y motivado entusiasmo
por los
senderos, a veces impracticables, del
servicio
pastoral.
Prefecto de la Congregación para el Clero
Al término de esta primera video-conferencia
teológica de alcance mundial, que ha
dado
oportunidad a Teólogos de los cinco
continentes
de presentar con claridad renovada
y con
notable profundidad la augusta persona
del
Señor Jesús, doy gracias a Dios Padre
por
cuanto nos ha concedido realizar hoy
por
el bien de los sacerdotes y en favor
de su
formación permanente.
Agradesco fervientemente al Santo Padre que
nos ha acompañado y nos acompaña con
su acción
alentadora y su bendición, y doy las
gracias
a todos los que –con su generosa y
eficaz
colaboración– han sido instrumentos
dignos
de mérito en el aspecto técnico, organizativo
y económico, y han hecho posible este
prodigio
de la técnica audiovisual.
Un agradecimiento muy especial lo reservo
a los profesores, que con gran sentido
de
comunión eclesial y no pocos sacrificios,
han presentado un rico resumen cristológico.
El profundo conocimiento de Cristo
es fundamento
insustituible para la vida de fe y
para la
obra de la evangelización.
Hoy como ayer, con las hermosas palabras
del Simbolo Quicumque podemos repetir, seguros y felices, a las
mujeres y los hombres del tercer milenio:
"est ergo fides recta"; es pues recta y segura la fe para
creer y confesar que Nuestro Señor
Jesucristo
es el hijo de Dios, es Dios y hombre.
Es
Dios de la misma sustancia del Padre,
generado
antes de todos los siglos; es hombre
nacido
en el tiempo de la sustancia de la
Madre;
es Dios perfecto y hombre perfecto.
Después de la consideración del misterio
de Cristo, a la luz de una teología
científica
que se convierte en lugar de la auto-inteligencia
humana, el próximo mes, lunes 29 de octubre, tendremos ocasión de apreciar la exposición
sobre su muy amada Esposa: la Santa
Iglesia.
La Virgen bendita, icono de la Iglesia, atienda
nuestros deseos de sabiduría divina
y nos
conceda inteligencia, sentimientos
y energías
haciéndonos participar del tesoro de
los
recuerdos que Ella, –la Madre de Jesús–
guarda
en su corazón.
Una vez más, ¡Gracias a todos!
Con la ayuda de Dios nos volveremos a ver
el próximo 29 de octubre.
A Jesucristo –ayer, hoy y siempre– todo honor
y gloria.
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